San Anselmo

El Doctor Magnífico, figura clave de la teología y filosofía escolástica, conocido por su argumento ontológico.

Otros nombres:

San Anselmo de Canterbury, Doctor Magnífico, Padre de la Escolástica.

Celebramos su día el:

Celebramos el Día de San Anselmo de Canterbury el 21 de abril.
Imágen de San Anselmo

Lo que sabemos de San Anselmo

Nacimiento

1033

Muerte

21 de abril de 1109

Veneración

Inmediatamente después de su muerte (culto local), formalmente en 1163.

Beatificación

N/A

Canonización

1494 por el Papa Alejandro VI

Patronazgo

Filósofos, teólogos, estudiantes.

Preguntas frecuentes

¿Quién fue San Anselmo de Canterbury?

San Anselmo fue un monje benedictino, filósofo y teólogo, Arzobispo de Canterbury, considerado el “Padre de la Escolástica” y uno de los pensadores más importantes de la Edad Media.

¿Por qué es famoso San Anselmo?

San Anselmo es famoso principalmente por su argumento ontológico sobre la existencia de Dios, expuesto en su obra “Proslogion”, y por sus contribuciones a la teología y la filosofía cristiana.

¿Cuándo se celebra a San Anselmo?

La Iglesia Católica celebra la memoria de San Anselmo de Canterbury cada año el 21 de abril, día de su fallecimiento.

¿Cuáles fueron las principales obras de San Anselmo?

Entre sus obras más destacadas se encuentran el “Proslogion”, donde presenta su argumento ontológico, y “Cur Deus Homo” (¿Por qué Dios se hizo hombre?), que explora la doctrina de la expiación.

Sobre San Anselmo

San Anselmo, el Doctor Magnífico, sigue inspirando a quienes buscan la verdad divina con una mente abierta y un corazón fiel.

Este gran pensador cristiano nos invita a un profundo viaje donde la fe y la razón no solo coexisten, sino que se enriquecen mutuamente, forjando una comprensión más robusta de lo trascendente. Su legado, anclado en la teología escolástica y la filosofía cristiana, resuena poderosamente hoy, ofreciendo un faro de luz para aquellos que, como él, aspiran a entender lo que creen y a creer en lo que entienden. San Anselmo no fue meramente un teórico; su vida, marcada por el servicio y la defensa de la Iglesia, fue un testimonio viviente de su compromiso con la verdad revelada. Al reflexionar sobre su figura, descubrimos la riqueza de una mente que osó explorar las profundidades de Dios, dejando una impronta imborrable en la historia del pensamiento occidental y en la espiritualidad cristiana.

Los Primeros Años y Vocación de San Anselmo

El hombre que se convertiría en San Anselmo, el gran Doctor Magnífico, nació en Aosta, Borgoña (actual Italia), alrededor del año 1033. Proveniente de una familia noble, Anselmo fue el hijo de Gundulfo, un noble longobardo, y Ermenberga, una mujer piadosa y de buen carácter. Desde su juventud, Anselmo mostró una inteligencia notable y una inclinación hacia la vida religiosa. Su madre, en particular, influyó profundamente en su temprana educación espiritual, inculcándole los valores cristianos y el amor por el estudio de las Escrituras.

Juventud y Formación Benedictina

La vida de Anselmo no estuvo exenta de desafíos. Tras la muerte de su madre, las relaciones con su padre se volvieron tensas, lo que llevó a un período de vagancia y alejamiento temporal de sus aspiraciones monásticas. Sin embargo, la semilla de la fe y el anhelo de conocimiento plantados en su infancia nunca lo abandonaron. Finalmente, movido por un deseo inquebrantable de dedicarse a Dios y a la vida intelectual, Anselmo buscó su camino en el monacato. Su búsqueda lo llevó al renombrado monasterio benedictino de Bec, en Normandía, Francia, un centro de aprendizaje y piedad que atraía a las mentes más brillantes de la época.

Allí, bajo la tutela del famoso erudito y futuro arzobispo de Canterbury, Lanfranco, Anselmo encontró el ambiente propicio para su desarrollo espiritual e intelectual. Lanfranco, a su vez, reconoció el inmenso potencial de Anselmo y se convirtió en su mentor, guiándolo en el estudio de la teología y la filosofía. La regla benedictina, con su énfasis en la oración, el estudio y el trabajo, proporcionó el marco ideal para que Anselmo floreciera.

En el año 1060, Anselmo ingresó formalmente en el monasterio de Bec. Su dedicación, humildad y brillantez no pasaron desapercibidas. Tres años más tarde, fue nombrado prior del monasterio, sucediendo al propio Lanfranco cuando este fue nombrado abad de Caen. Como prior, Anselmo demostró no solo una aguda mente, sino también una profunda capacidad de liderazgo y una genuina preocupación pastoral por sus hermanos monjes.

De Aosta a Bec: Un Destino de Sabiduría

El viaje de Anselmo desde su natal Aosta hasta el cenobio de Bec no fue solo geográfico, sino también espiritual e intelectual. En Bec, Anselmo dedicó su tiempo a la meditación, la enseñanza y la escritura, sentando las bases de la que sería una de las obras teológicas y filosóficas más influyentes de la Edad Media. Fue durante estos años en Bec donde compuso algunas de sus obras más importantes, como el “Monologion” y el “Proslogion”, textos fundamentales para la teología escolástica y la filosofía cristiana. Estos escritos revelan su profunda convicción de que la fe no debe ser ciega, sino que, por el contrario, busca la comprensión a través de la razón.

El monasterio de Bec, bajo su dirección, se consolidó como un faro de conocimiento en Europa. Monjes y estudiantes acudían de todas partes para escuchar sus enseñanzas, que equilibraban magistralmente la piedad y la lógica. Anselmo era un maestro excepcional, capaz de explicar conceptos complejos con claridad y de inspirar a sus alumnos a profundizar en los misterios de la fe. Este período de su vida fue fundamental para el desarrollo de su pensamiento, que se caracteriza por la búsqueda incansable de la verdad divina a través de la “fe que busca la comprensión” (fides quaerens intellectum). Su ejemplo nos recuerda la importancia de una formación sólida, tanto espiritual como intelectual, para cualquier cristiano que aspire a servir a Dios con todo su ser.

La Fusión de Fe y Razón: “Fides Quaerens Intellectum”

La contribución más distintiva de San Anselmo a la teología y la filosofía cristiana reside en su célebre formulación: “fides quaerens intellectum”, que se traduce como “la fe que busca la comprensión”. Esta máxima encapsula la esencia de su método y pensamiento, y lo posiciona como una figura central en el desarrollo de la escolástica medieval. Para Anselmo, la fe no era un obstáculo para la razón, sino su punto de partida y su guía. Él creía firmemente que la razón, iluminada por la fe, podía y debía esforzarse por comprender las verdades reveladas por Dios.

Creer para Entender, Entender para Creer

Anselmo no propugnaba que la razón pudiera, por sí sola, llegar a las verdades de la fe, como la existencia de Dios o la Trinidad. Más bien, su enfoque era que, una vez aceptadas estas verdades por la fe, la razón tiene el deber de explorarlas, analizarlas y demostrar su coherencia lógica, en la medida de lo posible. Es decir, primero se cree, y luego se busca entender el contenido de esa creencia. Esta postura se distancia tanto del fideísmo extremo, que rechaza la razón en asuntos de fe, como del racionalismo puro, que busca someter toda verdad a la razón humana sin aceptar la revelación.

El propósito de San Anselmo no era *demostrar* la fe para los no creyentes, sino *profundizar* en la comprensión de la fe para los ya creyentes. Esto se evidencia en obras como el “Monologion”, donde Anselmo se propone investigar la naturaleza divina sin recurrir a la autoridad de las Escrituras, sino utilizando únicamente la razón natural. En sus propias palabras, buscaba “demostrar por razones necesarias que existe un Dios, y que es la suprema bondad, la vida, la sabiduría, y todo lo que se cree de Dios”.

La aplicación de esta metodología tiene profundas implicaciones:

– Valoración de la razón: San Anselmo dignificó la razón humana, considerándola una herramienta dada por Dios para conocerlo mejor.
– Coherencia de la fe: Mostró que las verdades de la fe no son irracionales, sino que poseen una lógica interna que la razón puede aprehender.
– Evangelización intelectual: Su obra proporcionó un modelo para articular la fe de manera que pudiera ser comprendida y defendida intelectualmente.

La “fides quaerens intellectum” no es un eslogan vacío; es una invitación a la reflexión profunda, a la meditación sobre las verdades de la fe con una mente disciplinada y un corazón abierto. Es un llamado a no conformarse con una fe superficial, sino a buscar siempre una comprensión más rica y profunda de Dios y de su plan para la humanidad.

La Filosofía al Servicio de la Teología

Para San Anselmo, la filosofía no era una disciplina autónoma que pudiera oponerse a la teología, sino una “ancilla theologiae” (sierva de la teología). Esto no significaba que la filosofía fuera inferior o sin valor propio, sino que su máxima utilidad se encontraba al servicio de la comprensión de las verdades reveladas por la teología. Él utilizaba herramientas filosóficas, como la lógica y la metafísica, para analizar y clarificar los misterios de la fe cristiana.

Esta integración de la filosofía en la teología fue una característica distintiva de la escolástica, movimiento del cual San Anselmo es considerado uno de los padres fundadores. Su trabajo preparó el terreno para futuros gigantes como Santo Tomás de Aquino, quien perfeccionaría aún más esta síntesis. San Anselmo creía que todo conocimiento, ya sea obtenido por la razón o por la revelación, proviene en última instancia de Dios y, por lo tanto, no puede haber una contradicción fundamental entre ellos.

Un ejemplo claro de esto se ve en su tratamiento de la doctrina de la Trinidad o de la Encarnación en obras como el “Cur Deus Homo” (Por qué Dios se hizo hombre). En este tratado, Anselmo no solo afirma la verdad de la Encarnación, sino que utiliza argumentos racionales para explicar la necesidad y la conveniencia de que Dios asumiera la naturaleza humana para la redención de la humanidad. Argumenta que la ofensa del pecado contra un Dios infinito requiere una satisfacción infinita, algo que solo un Dios-hombre podría ofrecer. Esta aproximación racional a los misterios de la fe es un sello distintivo de su genio.

Su método implicaba:

– Partir de la fe: Aceptar los dogmas como verdades reveladas.
– Aplicar la razón: Buscar “razones necesarias” (argumentos lógicos y filosóficos) para entender y justificar esas verdades.
– Concluir en la alabanza: La comprensión no solo satisface la mente, sino que profundiza la adoración y el amor a Dios.

La obra de San Anselmo nos invita a un diálogo constante entre lo que creemos y lo que podemos comprender, recordándonos que la fe no teme a la razón, sino que la acoge como aliada en la búsqueda de la verdad última.

El Argumento Ontológico: La Prueba de la Existencia de Dios

El logro más célebre y controvertido de San Anselmo en el ámbito de la filosofía y la teología es, sin duda, su argumento ontológico para la existencia de Dios. Presentado por primera vez en su obra “Proslogion”, este argumento ha fascinado y desafiado a pensadores durante siglos, convirtiéndose en uno de los pilares del pensamiento sobre la existencia divina. Es un testimonio de la audacia intelectual de San Anselmo y de su profunda convicción en la capacidad de la razón para aprehender las verdades más elevadas.

Más Allá de la Mera Intuición

El argumento ontológico parte de la definición misma de Dios como “aquello mayor que lo cual nada puede ser pensado” (aliquid quo nihil maius cogitari potest). Anselmo postula que incluso el ateo o el “insensato” (citando el Salmo 14:1: “Dice el necio en su corazón: No hay Dios”) puede entender este concepto. Si tal ser existe solo en la mente, argumenta Anselmo, entonces podríamos concebir un ser idéntico que existiera también en la realidad. Y si ese ser existiera en la realidad, sería “mayor” que uno que existe solo en la mente. Pero si podemos concebir algo mayor que lo que solo existe en la mente, entonces el ser “mayor que lo cual nada puede ser pensado” no sería el mayor, lo cual es una contradicción. Por lo tanto, el ser “mayor que lo cual nada puede ser pensado” debe existir no solo en la mente, sino también en la realidad.

La belleza y la complejidad de este argumento radican en su aparente simplicidad y en su audaz afirmación de que la mera concepción de Dios implica su existencia necesaria. No se basa en la observación empírica del mundo (como los argumentos cosmológicos o teleológicos), sino en una deducción puramente lógica a partir de la idea de Dios.

Los pasos clave del argumento de San Anselmo son los siguientes:

1. Tenemos en nuestra mente la idea de Dios como “aquello mayor que lo cual nada puede ser pensado”.
2. Un ser que existe en la realidad es mayor que un ser que existe solo en la mente.
3. Si Dios existiera solo en nuestra mente, entonces podríamos concebir un ser que fuera aún mayor: el mismo ser, pero existiendo también en la realidad.
4. Pero esto contradice nuestra definición original de Dios como “aquello mayor que lo cual nada puede ser pensado”.
5. Por lo tanto, Dios debe existir no solo en la mente, sino también en la realidad.

Este argumento ha generado un debate ininterrumpido a lo largo de la historia de la filosofía, demostrando su profunda influencia y su capacidad para estimular el pensamiento. Para Anselmo, el argumento no era una fría demostración, sino una meditación de fe que buscaba una comprensión más profunda de la naturaleza de Dios. Puedes leer más sobre el impacto de su trabajo en la Enciclopedia de Filosofía de Stanford: https://plato.stanford.edu/entries/anselm/

Relevancia y Controversias a lo Largo de los Siglos

Inmediatamente después de su formulación, el argumento ontológico de San Anselmo enfrentó críticas. La más famosa provino de Gaunilo, un monje contemporáneo de Anselmo, quien planteó una objeción utilizando la analogía de una “isla perfecta”. Gaunilo argumentó que, si la lógica de Anselmo fuera válida, uno podría “demostrar” la existencia de cualquier cosa perfecta, como una isla tan perfecta que “mayor que ella nada puede ser pensado”, simplemente concibiéndola. Anselmo respondió a Gaunilo, diferenciando entre la idea de una isla perfecta (que es contingente) y la idea de un ser necesario como Dios.

A lo largo de los siglos, filósofos de la talla de Santo Tomás de Aquino, Immanuel Kant y René Descartes, entre muchos otros, se han pronunciado sobre el argumento ontológico.

– Santo Tomás de Aquino, aunque admiraba a Anselmo, rechazó el argumento ontológico. Sostuvo que no podemos tener una comprensión innata o completa de la esencia de Dios que nos permita deducir su existencia de un mero concepto. Para Aquino, la existencia de Dios debe ser demostrada a partir de los efectos en el mundo sensible (vía posteriori).
– René Descartes, en el siglo XVII, revivió y formuló su propia versión del argumento ontológico. Para Descartes, la existencia es una perfección inherente a la idea de un ser sumamente perfecto, de la misma manera que tener tres ángulos es inherente a la idea de un triángulo.
– Immanuel Kant, en el siglo XVIII, presentó una crítica devastadora, argumentando que la existencia no es un predicado. Es decir, añadir “existencia” a un concepto no añade nada al concepto mismo; “existir” no es una propiedad que un objeto pueda tener o no tener, como “ser azul” o “ser grande”.

A pesar de las críticas, el argumento ontológico ha persistido y sigue siendo objeto de estudio y defensa por parte de teólogos y filósofos hasta el día de hoy. Pensadores contemporáneos, a menudo utilizando la lógica modal, han intentado reformularlo o defenderlo de las objeciones clásicas. La relevancia del argumento no reside únicamente en su capacidad para convencer a todos, sino en su poder para estimular el pensamiento profundo sobre la naturaleza de la realidad, la existencia y la relación entre el pensamiento y el ser. San Anselmo nos legó no solo una prueba, sino un desafío intelectual que continúa resonando en el corazón de la filosofía de la religión.

San Anselmo como Arzobispo de Canterbury y Defensor de la Iglesia

La vida de San Anselmo no estuvo limitada a la contemplación monástica y la especulación filosófica. En 1093, contra su voluntad inicial y con una profunda reticencia, fue elevado al puesto de Arzobispo de Canterbury, el primado de la Iglesia de Inglaterra. Este nombramiento lo catapultó al centro de la turbulenta política eclesiástica de su tiempo, donde tuvo que defender con valentía la libertad de la Iglesia frente a las intromisiones del poder secular. Sus años como arzobispo fueron un período de grandes pruebas y sufrimientos, pero también de una firmeza inquebrantable en la defensa de los principios cristianos.

Conflictos con la Autoridad Secular

El período en que San Anselmo fue arzobispo de Canterbury estuvo marcado por el famoso Conflicto de las Investiduras, una lucha de poder entre la Iglesia y los monarcas seculares por el derecho a nombrar obispos y abades. Anselmo se encontró directamente enfrentado con dos reyes ingleses: Guillermo II (Rufus) y su sucesor, Enrique I.

Las disputas clave con Guillermo II incluyeron:

– La investidura laica: El rey exigía el derecho de investir a los obispos con sus símbolos de autoridad espiritual, algo que Anselmo, siguiendo la doctrina papal, consideraba una usurpación del poder eclesiástico.
– Lealtad al Papa: Guillermo II insistía en que los obispos ingleses solo reconocieran al papa que él aprobara, lo que iba en contra de la obediencia de Anselmo al papado legítimo.
– Ingresos eclesiásticos: El rey a menudo retenía los ingresos de las sedes episcopales vacantes para su propio beneficio, una práctica que Anselmo condenó.

Estos conflictos llevaron a San Anselmo a dos exilios forzosos del reino de Inglaterra. Durante sus exilios, Anselmo buscó el apoyo del Papa Urbano II y luego de Pascual II, participando en concilios donde se reafirmaron los derechos de la Iglesia. A pesar de las dificultades y las presiones, Anselmo mantuvo una postura firme, inspirándose en la máxima bíblica de “dar al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios” (Mateo 22:21). Su resistencia heroica sentó un precedente importante para la independencia de la Iglesia de la intromisión real.

Legado Pastoral y Defensa de la Libertad Eclesiástica

A pesar de las constantes batallas con la corona, San Anselmo no descuidó sus responsabilidades pastorales. Como arzobispo, trabajó incansablemente para reformar la Iglesia en Inglaterra, promoviendo la disciplina monástica, combatiendo la simonía (compraventa de cargos eclesiásticos) y el nicolaísmo (matrimonio de clérigos), y fortaleciendo la moral del clero y de los laicos. Su preocupación por el bienestar espiritual de su rebaño era tan profunda como su dedicación a la verdad teológica.

El “Cur Deus Homo” (¿Por qué Dios se hizo hombre?), escrito durante su primer exilio, no es solo un tratado teológico profundo, sino también una obra pastoral. Anselmo buscaba explicar a los cristianos de su tiempo la razón de ser de la Encarnación y la Redención, fortaleciendo así su fe. Su liderazgo fue un testimonio de que la verdadera autoridad reside en el servicio a Dios y a su Iglesia, no en el poder terrenal.

La resolución del Conflicto de las Investiduras en Inglaterra se logró finalmente en el Compromiso de Westminster (1107), un acuerdo que fue en gran parte el resultado de la perseverancia de San Anselmo. Aunque los obispos debían rendir homenaje al rey por sus propiedades temporales, la investidura espiritual con el anillo y el báculo quedaba reservada para la Iglesia. Este fue un triunfo significativo para la libertad eclesiástica y un reconocimiento del papel fundamental de San Anselmo en la defensa de los derechos de la Iglesia.

El legado de San Anselmo como arzobispo es el de un pastor valiente y un defensor incansable de la autonomía de la Iglesia. Nos recuerda que la fe no es solo una cuestión de intelecto, sino también de carácter, integridad y la disposición a soportar sufrimientos por la verdad. Su vida pública fue una extensión de su profunda vida de oración y estudio, demostrando que la acción y la contemplación pueden y deben ir de la mano al servicio de Dios.

Un Legado Perenne para la Fe y la Mente Contemporánea

San Anselmo de Canterbury falleció el 21 de abril de 1109, dejando tras de sí un legado monumental que sigue resonando con fuerza en la teología, la filosofía y la espiritualidad cristiana. Su vida fue un testimonio de una mente brillante dedicada por completo a Dios, un corazón ardiente por la fe y un espíritu indomable en la defensa de la Iglesia. Más allá de sus complejos argumentos filosóficos o sus batallas políticas, Anselmo nos legó una forma de pensar y de vivir la fe que es extraordinariamente relevante para nuestro tiempo.

La Actualidad del Pensamiento Anselmiano

En una era donde la razón y la fe a menudo se presentan como adversarias, el “fides quaerens intellectum” de San Anselmo ofrece un camino de reconciliación y enriquecimiento mutuo. Él nos enseña que la fe no es un refugio para la ignorancia, sino un estímulo para la búsqueda más profunda de la verdad. Su enfoque nos anima a:

– Abrazar la razón en la fe: No tener miedo de preguntar, de dudar, de buscar una comprensión más profunda de lo que creemos. La razón, lejos de debilitar la fe, puede fortalecerla al revelar su coherencia y belleza intrínsecas.
– Profundizar en la contemplación: Su método de meditación racional sobre las verdades divinas es un modelo para una espiritualidad intelectual, que no se conforma con respuestas superficiales.
– Integrar vida y pensamiento: Anselmo fue un monje, un teólogo, un filósofo y un arzobispo. Su vida demostró que el compromiso intelectual puede y debe traducirse en un servicio activo y valiente a Dios y a la comunidad.
– Valorar la verdad por encima de la comodidad: Sus exilios y luchas como arzobispo son un recordatorio de que defender los principios de la fe a menudo requiere coraje y sacrificio personal.

La figura de San Anselmo, el Doctor Magnífico, nos invita a una fe madura, informada y valiente. Nos muestra que la búsqueda de Dios con la mente no solo es posible, sino deseable, y que la razón, cuando se somete humildemente a la revelación, puede elevarnos a una comprensión más sublime de los misterios divinos. Su argumento ontológico, aunque controvertido, sigue siendo un ejercicio intelectual fascinante que empuja los límites de nuestro pensamiento sobre la existencia de Dios. Sus tratados sobre la Encarnación y la Redención continúan siendo lecturas esenciales para entender el corazón de la teología cristiana.

Oración a San Anselmo

Inspíranos, oh San Anselmo, Doctor Magnífico, a seguir tu ejemplo de fe profunda y razón iluminada. Tú, que buscaste comprender los misterios divinos con una mente aguda y un corazón humilde, ayúdanos a no temer el uso de nuestra inteligencia al servicio de Dios. Que tu “fe que busca la comprensión” sea nuestra guía, para que podamos profundizar en las verdades reveladas y vivir nuestra fe con mayor convicción y claridad.

Por tu intercesión, concédenos la gracia de defender la verdad con valentía, de servir a la Iglesia con integridad y de amar a Dios con todo nuestro ser. Que, como tú, podamos siempre poner nuestra razón al servicio de la fe, para la mayor gloria de Dios y la salvación de nuestras almas. Amén.

San Anselmo nos ha dejado una herencia imperecedera, un puente entre el corazón que cree y la mente que razona. Su vida y obra son un testimonio vibrante de la unidad intrínseca entre la fe y la razón, un llamado a cada cristiano a embarcarse en su propia búsqueda de la comprensión divina. Que su ejemplo nos impulse a explorar las profundidades de nuestra fe con la misma pasión, rigor y devoción que caracterizaron al gran Arzobispo de Canterbury. Su legado nos desafía a una vida de reflexión constante, de oración profunda y de servicio inquebrantable, recordándonos que, en última instancia, toda búsqueda de la verdad nos conduce de regreso a Dios. Sigamos las huellas de San Anselmo, permitiendo que nuestra fe ilumine nuestra razón y que nuestra razón profundice nuestra fe, para que así podamos experimentar una relación más plena y consciente con nuestro Creador.

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